"Llévate tus correcciones"

by - enero 08, 2018

Antes que nada, deben saber que escribí esto porque estoy participando en un concurso literario que consta de 25 retos con diferentes temáticas. Este es el #17 y se suponía que debía ser una narración de un momento de conflicto entre mi antigua pareja y yo. Los que me conocen personalmente saben por qué me ha costado tanto escribirlo. No está cien por ciento basado en la realidad, pero sí tiene muchos fragmentos de ella. Espero que les guste.

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Reto# 17

La pulsera que arrojé contra el espejo sonó tan fuerte que pensé que lo rompería. Al ver que sorpresivamente quedó intacto seguí arrojando todo lo que estuviera a mi alcance contra el blanco de mi enojo. Podía pensar que estaba loca todo lo que él quisiera, pero ya no podía seguir tolerando sus palabras y su actitud arrogante. Z esquivaba con facilidad todo lo que lanzaba mi mala puntería. Él trató de acercarse como al tercer objeto pero me mantuve a dos metros de él. La decepción y la histeria hervían mi sangre cual llama ardiente. Creo que deberías dedicarte a otra cosa. Creo que deberías dedicarte a otra cosa. Creo que deberías dedicarte a otra cosa. Mi mente no podía procesar nada más. No era la primera vez que lo decía, pero me aseguraría que fuera la última. 

“¿Sabes cuántas veces me he sobre esforzado sólo para escuchar de ti un buen comentario? Estoy cansada de esto.” Detuve mi brazo justo antes de arrojarle el último retrato en acuarela que me había regalado. Cuando me lo dio pensé que era lo más hermoso que había hecho por mí, pero en ese momento sólo me recordaba que detrás de aquello había nada más que pretensión e ínfulas de grandeza. Escuchar mis palabras no le quitó la sonrisa cínica, y por el contrario, trató de acercarse con intención de calmarme como si mis motivos no fueran suficientes. Sin dejar que me tocara, bajé la mirada y me cuestioné por tres segundos si en verdad estaba exagerando. Una parte de mí y gran parte de él quería que me quebrara, pero no lo conseguiría. No necesité verlo a los ojos para saber que me miraba con la condescendencia de quien mira a un pobre loco necesitado de atención. Parecía incapaz de percibir la verdadera causa de todo y esa incapacidad para reaccionar era lo que más de dolía. 

  Arianna, tienes que aceptar que no tienes mucho talento para escribir. Yo no sé por qué la gente te ha dicho lo contrario. Te quiero y por eso te digo la verdad, así que si quieres llorar, está bien, sólo hazlo. Pero ya deja el drama. Quise imaginar que él no acababa de decir eso, pero fue imposible entrar de nuevo en estado de negación. Tomé el cuadro y se lo devolví. Le devolví en sus propias manos todas las pinturas que –según él- estaban inspiradas en mí. No derramé ni una sola lágrima y lo hice con la suficiente fortaleza como para que no sintiera el temblor en mis manos. Z no parecía entenderlo, pero yo sí. Lo podía ver todo con claridad: nunca me “ayudó” porque creyese en mí, sino porque se sentía mejor consigo mismo; le hacía sentir que él era el “chico listo” entre los dos. Z comenzó a tratar de poner todo en su sitio mientras negaba con la cabeza, pero no se lo permití. Lo empujé fuera, le grité que no quería volver a escuchar sus críticas y le tiré la puerta. 

     En medio del revoltijo de emociones recordé que todavía tenía una última cosa que no le había devuelto. Corrí a mi estantería y saqué de una carpeta polvorienta el manuscrito impreso de lo que alguna vez fue nuestra historia escrita en verso, pero que él había tomado de manera sarcástica y llenado de post-its con correcciones. Nunca lo entendió. Salí tras de él con la esperanza de alcanzarlo y, cuando finalmente lo hice, lo miré a esos ojos cargados de suficiencia y disfruté culposamente ver cómo le cambiaba la expresión al ver lo que le estaba devolviendo. “No eres mi editor” le dije. “Además, no sé quién te ha dicho que sabes de escritura”.

     Sin embargo, justo después de haber pronunciado aquellas palabras, me arrepentí. Él me miró a los ojos comprendiendo. Iba a decir algo pero vaciló y se fue en silencio. Los dos sabíamos que al devolverle aquel manuscrito, se terminaba algo más que el enojo del momento. 


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