"¡Leslie, esta cuarentena vamos a aprovechar para escribir en el blog como nunca antes!"
...¿Sabían que hablo sola? Bueno, eso fue lo que me dije al principio del encierro.
En cierto modo fue verdad. Sí he escrito bastante aunque muchas de esas redacciones no vayan a publicarse por ahora. Sin embargo, hay algo que he hecho mucho más que escribir (o leer) y eso es: pensar. Pensar, pero no desde el encierro sino desde la observación.
Como cualquier otro mortal, resolví que haría de este encierro una oportunidad para volverme una Mary Sue* del conocimiento. Ya saben, con el ritual completo: leer un libro, aprender un nuevo idioma, obtener un certificado de aprendizaje en línea, y esas cosas. Yo era la primera (lo sigo siendo, a quién engaño) en enarbolar la bandera a favor de la productividad y el máximo aprovechamiento del tiempo libre 💪. Y a pesar de que tenía fuertes argumentos para optar por esa vía, empecé a conocer tantas historias de sufrimiento y planes truncados, que cualquier meta de las que me había propuesto palidecía en méritos comparada con lo anterior.
Parece mentira, pero antes del encierro, ¿cuánto tiempo nos dejaba la rutina para analizar nuestros defectos? ¿nuestras heridas? ¿nuestros miedos?... a mí muy poco, la verdad. Incluso creo que en el fondo estaba aliviada de no tener tiempo para lidiar con ellos 🙅. No obstante, evadirlos de lunes a domingos no me había hecho menos consciente, siempre supe que estaban ahí. Así que cuando me adentré en aquel paisaje sabía -casi con una exactitud que da miedo- lo que me esperaba. En efecto, cuando me decidí a verlos, estaban sentados detrás de mí, esperando tener aquella conversación que debimos tener hace mucho tiempo.
¿Qué iba a hacer entonces, si ya no tenía propósitos que perseguir?
A decir verdad no es que decidí dejar todo de lado de la noche a la mañana. Fue un proceso cuyo punto de partida radicó en la moderación de mi consumo de redes sociales -sí, Youtube también cuenta. (Debo confesar que esto no fue por iniciativa propia, tener que ejercitarme en el recogimiento por la Semana Mayor* ayudó bastante). A medida que iba filtrando los estímulos externos, me quedaba más tiempo para asomarme a mi ventana interior y examinar cuál era el panorama disponible. Sí, me hacían falta algunas aptitudes que justificaban mi interés por pulirme académicamente, pero poco a poco me fui encontrando con otras "oportunidades de mejora" para las que no iba a hallar solución en la gramática alemana o en el certificado avalado por Harvard. En otras palabras, me estaba enfrentando a mis verdades.Parece mentira, pero antes del encierro, ¿cuánto tiempo nos dejaba la rutina para analizar nuestros defectos? ¿nuestras heridas? ¿nuestros miedos?... a mí muy poco, la verdad. Incluso creo que en el fondo estaba aliviada de no tener tiempo para lidiar con ellos 🙅. No obstante, evadirlos de lunes a domingos no me había hecho menos consciente, siempre supe que estaban ahí. Así que cuando me adentré en aquel paisaje sabía -casi con una exactitud que da miedo- lo que me esperaba. En efecto, cuando me decidí a verlos, estaban sentados detrás de mí, esperando tener aquella conversación que debimos tener hace mucho tiempo.
Dejé de lado el celular no por un momento, sino por varios días y le di la cara a todas las cosas pendientes que tenía conmigo misma: a mis faltas, a mis miedos, a los malos hábitos arraigados. Saqué al sol todo y examiné sus raíces a la luz del día con detenimiento, sin victimizaciones, sin escándalos, simplemente mirándolos de frente como lo que eran y sin la influencia negativa de mi yo-de-las-tres-de-la-mañana. Descubrí además, cómo esas "verdades" se extendían en silencio por los lares de mi inconsciente hasta manifestarse en mis decisiones cotidianas.
Lo que vale la pena aprender durante el aislamiento
Sin echar a menos la mina de conocimiento que tenemos disponible, me parece que lo más importante de todo es reconocer que esta es una oportunidad para elegir el cambio, para dar ese paso decisorio de una vez por todas y acabar con ese pendiente de nunca acabar. Incluso si aquello que debemos hacer no implica una decisión extrema, tengan por seguro que su vida se encaminará hacia el horizonte correcto. Ya sé que suena cliché, pero vale la pena intentarlo. La mayoría aquí tenemos una "ventaja" por sobre otras personas y es que nuestra decisión es voluntaria. Quienes están sufriendo una transformación producto del dolor, no tuvieron opción.
Eso sí, si de verdad aceptan el desafío, prepárense porque salir de esa zona de confort -o como a mí me gusta llamarle el "pantano de confort"- será una lucha aguerrida y se verán tentados a retroceder. Si fallan después del primer intento, no se desanimen, el recuerdo del primer paso les dará la fuerza para volver a iniciar. Hagamos el inventario a fondo, así como limpiamos esa habitación que no tocábamos en años. ¿Qué le sobra? ¿Qué le falta?... si hace falta llorar para limpiarla, adelante. Tampoco teman abrazar una fe, a lo mejor les da el empujoncito que necesitaban. En serio les digo, no se rían, no tienen que avisarme que lo hicieron, sólo dénle una oportunidad a ese algo Transcendental... no es que haya mucho que perder.
Con respecto a las redes, no creo que usarlas en este momento sea un problema porque es la única ventana que tenemos para mantener los pies a tierra como testigos de las penas y alegrías de quienes queremos. Pero nunca está de más poner en tela de duda qué tanto dejamos la vida allí, sobre todo en un acontecimiento que requiere de nuestro silencio y reflexión.
Eso sí, si de verdad aceptan el desafío, prepárense porque salir de esa zona de confort -o como a mí me gusta llamarle el "pantano de confort"- será una lucha aguerrida y se verán tentados a retroceder. Si fallan después del primer intento, no se desanimen, el recuerdo del primer paso les dará la fuerza para volver a iniciar. Hagamos el inventario a fondo, así como limpiamos esa habitación que no tocábamos en años. ¿Qué le sobra? ¿Qué le falta?... si hace falta llorar para limpiarla, adelante. Tampoco teman abrazar una fe, a lo mejor les da el empujoncito que necesitaban. En serio les digo, no se rían, no tienen que avisarme que lo hicieron, sólo dénle una oportunidad a ese algo Transcendental... no es que haya mucho que perder.
¿Qué es de mí?
En estos momentos, yo misma vivo una etapa de transición personal. Ha sido de lo más incómodo y espero los resultados sean permanentes. La única certeza que tengo es que empecé y con eso ya tengo suficiente.Con respecto a las redes, no creo que usarlas en este momento sea un problema porque es la única ventana que tenemos para mantener los pies a tierra como testigos de las penas y alegrías de quienes queremos. Pero nunca está de más poner en tela de duda qué tanto dejamos la vida allí, sobre todo en un acontecimiento que requiere de nuestro silencio y reflexión.
Eso es lo único que puedo decir sobre esta cuarentena, todo lo demás ya lo han dicho bocas más expertas que la mía. Ojalá se encuentren bien y que mi experiencia les haga provecho. Nos leemos pronto.
D I S C L A I M E R
Amigos, antes que nada, les explico. No me ha flechado cupido, él también está de cuarentena. Sucede que estoy participando de un taller de escritura de 25 tareas y uno de ellas tiene la consigna de describir "mi sueño de amor ideal", MI SUE-ÑO DE A-MOR I-DE-AL...¿se pueden creer? dies of cringe. La verdad es que sí soy medio enamoradiza pero entre sentirlo y escribirlo hay un puente que me da pena cruzar de forma pública... y naturalmente, me costó una vida poner un punto final al archivo sin sentir la imperiosa necesidad de enviarlo derecho a la papelera de reciclaje. A pesar de todo, en un acto de valentía -o de falta de dignidad, ustedes decidan- he optado por publicarlo en el blog, para que puedan leerlo, suspirar, reírse y a lo mejor, no sé... DEJAR UN COMENTARIO😉
Eso es todo lo que tengo que decir. Con esa dosis de humor agrio espero compensar el tarro de azúcar que viene a continuación:
Mi sueño de amor ideal empieza una mañana de lunes cualquiera en la que se me ha pasado el despertador y ya no queda tiempo para filtrar el café. Me muevo torpe, te peleo mi derecho a la ducha y tú me miras divertido como si mi preocupación fuera una gran, grandísima, pequeñez. No concedo al agua tiempo de calentarse y sin querer –o no–, me sale por ahí un improperio cuando me toca fría. Termino con la regadera, estoy entera, tú ya estás a medio vestir. Cómo puedes, me pregunto, cómo puedes. Tu mirada me alcanza a través el espejo y mi dragón se calma, cómo podría yo.
Voy por los niños, tenemos muchos. Cuando los veo, recuerdo por qué me gustas. Los días de retraso los ponen ansiosos. ¡Qué contraste! Tienen tu rostro bello, pero de mí heredaron el temperamento. La mañana no espera, tampoco el ajetreo, vierto unos huevos sobre el aceite hirviendo en la sartén. El resultado: una tortilla de espinacas con bordes tostados. Sirves las porciones y la degustas con el deleite propio de una comida dominguera de manos pacientes y expertas. Incluso comentas que deberíamos repetirla el fin de semana. Estás tan tarde como sereno, te admiro, y me vuelvo a preguntar cómo puedes. Cómo puedes jamás darle a la rutina el poder de perturbarte.
Es hora de irnos. Tú a salvar vidas, yo a escribir sobre ellas. Te veo alejarte desde el marco de la puerta dando media vuelta, como de costumbre, recordándome en un gesto que aunque te vas, te quedas en mi pensamiento. Y así un día tras otro. Qué sueño de vida, adorarte en medio de la repetición.
Así es como deseo quererte, para siempre a la luz de la cotidianeidad. Inventar con mis palabras bálsamos para tus noches de agotamiento, pensarte siete veces al día y que tú voltees a mirarme otras siete más. Este es mi deseo y me atrevo a pensar que el tuyo también. ¿Quieres amarme en la cotidianeidad? ¿Quieres volver mi idilio real?
Mi último post, "Azul pálido" también nació gracias a este taller, así que durante los siguientes días, es probable que siga publicando el producto de cada tarea literaria. Nos leemos pronto y ya saben, allá abajo está la caja de comentarios. Están cordialmente invitados a apasionarse como cuando alguien postea algo ofensivo en Facebook.
Los quiero, xo
Han pasado diecisiete
días desde la última lluvia, que no fue lluvia sino tormenta eléctrica. Ahora el
cielo está seco y teñido de azul pálido, descolorido como un trapo que poco
importa y se olvida bajo el sol. Algunos atribuyen su color a la ausencia de
esmog y se alegran dentro de sus cuatro paredes, con sus cuatro seres queridos,
pensando en que al fin tiene la tierra su merecido descanso. Lo postean hasta
el cansancio y tú lo escuchas, queriendo alegrarte también, unirte a la
sedación colectiva, pero no puedes porque el cielo te ha confiado un secreto.
Diez más siete días han
pasado desde que viste a aquella muchacha en el metro con el cabello
humedecido, frunciendo por haber dejado la sombrilla en casa. Alta, bien
parecida, a la puerta de sus veinte. Apenas te divisó, su gesto se suavizó y te
cedió su lugar. Se parece a mi nieta, pensaste. Las has recordado hoy a ambas desde
la cama del hospital. Es rígida y chilla al mínimo movimiento. Accionas el mecanismo con esfuerzo y consigues ajustarte a la altura del ventanal. La vista
del noveno piso te devuelve a la realidad: el cielo está de celeste pálido y las
nubes, más blancas que nunca. Hoy no habrá muchachas empapadas y parece que
a las palomas eso las alegra, parece… porque ellas también conocen el secreto: el azul del cielo no es por quienes se alegran, sino por
quienes están decolorándose por dentro.
Me estoy destiñendo,
dices, y no es figurativo. Literalmente estás cada día un tono más
cerca de fenecer. Crees que al llegar a blanco todo acabará, sin nadie a tu
lado para llorar tu metamorfosis. Pero ignoras que el blanco siempre
es punto de partida, que no todos los “trapos” perdidos se dan por olvidados y
que aún en la hora más oscura –la más clara del día para ti–, en nombre del
mismo cielo, hay alguien que hace sonar sus teclas vertiendo su alma en
palabras, con la esperanza de que te alcance y toque aquellos lugares donde el
contacto físico –del que ahora estás impedido– no llegó jamás. Ignoras que el
cielo ha escogido ese azul pálido no porque te compadezca, sino porque te vela
y te prepara con ternura el lugar que ocuparás cuando cruces el umbral de los
colores y te hagas uno solo con él.
Ahora que lo sabes,
quizá empieces a intuir que este zarco, tan brillante como pálido, no es el
reflejo del ocaso de tu vida, sino la aurora que enmarca el horizonte de tu nueva
y prometida existencia.





