El último baile

by - enero 26, 2018



Cuando el maestro de ceremonia anunció el nombre de nuestra obra, supe que era mi turno de salir. Las luces del escenario se apagaron junto con la ovación del público. Me puse en la posición ensayada e ignorando el frío del aire acondicionado, traté de imaginar la mirada serena de Zeev. Sobre mi cabeza, una luz cenital se encendió y pintándolo todo de color azul, la orquesta empezó a tocar. Suaves notas de violín acompañaron mis primeros movimientos. Al principio, lentos, pero a medida que la melodía se intensificaba, se volvieron más rápidos, en una sola armonía con la canción.

De repente, se hizo un silencio. Me quedé en mi posición los cuatro tiempos que duró. Sabía lo que pasaría después. Paralelo a mí, desde el otro lado del escenario una silueta masculina se cernía bajo su propia luz, el violeta de su reflector era intenso, pero no lo suficiente como para desteñir el traje blanco que definía de generosamente  cada uno de sus músculos tonificados por el baile. Instintivamente nuestros pasos nos llevaron a encontrarnos en el centro del escenario. Ambas luces convergieron hasta formar un melancólico azul violáceo que, acompañado por el suave compás de los violonchelos, dotaba a nuestro solo aquel misterio que nuestros cuerpos trataban de interpretar.

Dos años atrás, cuando tenía dieciséis años y me creía muy analítica para creer en el amor a primera vista, conocí a Zeev, en mi primera competencia internacional de ballet. A pesar de su exótica belleza y fuerte acento, no me enamoré de él sino hasta el primer baile. Al principio mi padre se opuso pensando que no funcionaría porque los bailarines siempre ponen a sus carreras por encima de todo. No lograba conciliar la idea de su pequeña intercambiando cartas de amor al otro lado del océano con un joven cuatro años mayor. Sin embargo, con el paso de los meses y la secreta esperanza de que sus palabras se cumplieran, observó nuestra perseverancia y, resignado, finalmente lo aceptó.

De vuelta en el escenario, Zeev colocó sus manos sobre mi cintura. Su tacto seguro despertó mis emociones y me devolvió a la memoria de la primera vez que nuestras manos se tocaron. Con delicadeza me sujetó y me elevó por encima de él. Mantuve mi cuerpo firme y alcé los brazos formando una línea ligeramente curva. Las luces se volvieron plateadas y de la tramoya cayó sobre nosotros purpurina dorada, anunciándonos el momento cumbre del espectáculo. Todavía elevada, volví mi cabeza hacia Zeev y nuestras miradas se encontraron.  No teníamos que llegar al mejor momento de la coreografía para alcanzar el máximo deleite porque estar ahí el uno con el otro ya era como volar sobre éxtasis de amor.

Me devolvió a tierra con la ternura y sutileza, no de quien teme romper algo, sino de quien teme romper un momento con alguien. Sabíamos que lo nuestro era más fuerte de lo que parecía y no sólo porque nos uniera una profunda pasión por la danza o porque nuestros cuerpos actuaran como uno con o sin el compás de la música. Era algo que iba mucho más allá de poder entendernos a pesar de la barrera del idioma, y verlo en ese traje blanco me hacía pensar en ello, en cómo los sentimientos de un hombre puro son tan auténticos que pueden transmitirse desde el primer toque.

La música cesó y los colores del escenario empezaron a desvanecerse mientras las últimas partículas de la purpurina dorada llegaban al suelo. Zeev y yo permanecimos en nuestras posiciones finales, exhaustos pero complacidos de haberle dado lo mejor de nosotros al público.

De pronto, la cabeza me empezó a dar vueltas y un súbito dolor me recorrió el cráneo tan fuerte que vi oscuridad por unos segundos. Entre el vitoreo, las rosas cayendo hasta el escenario y la mano de Zeev sujetando la mía, esperé. No quería arruinar el momento, pero no era la primera vez que tenía ese tipo de dolor. Traté de contar diez segundos con la esperanza de que se desvaneciera.

—Anna, amor, estás pálida. ¿Quieres que vaya por agua? ¿O un caramelo, mejor?

Con esfuerzo, negué con la cabeza.

—Zeev, yo…

Y a partir de ese momento, todo fue oscuridad.

Al abrir  los ojos en lo primero que pensé fue en Zeev y la noche anterior. ¿Cuánto tiempo pasó? Miré a alrededor tratando de encontrar algo o alguien familiar. Las paredes blancas, el olor a antiséptico y la incómoda sensación de no llevar puesto nada más que una bata me confirmaron en dónde estaba. Un hospital. Noté que ya no había señales del dolor, así que busqué alrededor de la cama algún botón con el que llamar a una enfermera. Antes de tener éxito con la búsqueda, mi padre, Zeev y un doctor entraron a la habitación. Tenían la expresión perdida. Cuando me vieron despierta sólo empeoró. Supe de inmediato que algo muy malo estaba ocurriendo.

Al cabo de unos minutos entendí por qué. Cáncer. Tumor cerebral. Operación. Seis meses. Les dije a todos que se fueran. Incluso aunque pasaron horas no lo pude asimilar. Porque no era verdad. Apenas iba a cumplir dieciocho, ¿Quién se muere de cáncer a los dieciocho? Seguro estaba dentro de un mal sueño, un terrible sueño infundido por uno de esos demonios quimeras que fastidian a las personas felices mientras duermen. Sí. Definitivamente tenía que ser eso. Así que me dormí, animada por la esperanza de que al día siguiente me despertaría y que las personas que más amaba no estarían sufriendo. Incluyéndome.

Amanecer. Contemplé mi habitación con la misma decepción que tuve la mañana en la que me di cuenta de que lo que yo llamaba pesadilla era la versión indeseada de mi realidad, tres meses atrás. Era lo único que no había cambiado en mi vida desde entonces. Ni siquiera mis cosas seguían estando en su lugar tal y como las dejé el día antes de la presentación. Las medallas y las placas de vidrio tenían una silenciosa guerra con los ramos de flores por el territorio de mis repisas, y dado que la compasión es más común que la admiración, no era difícil adivinar quién estaba ganando desde que mi enfermedad se hizo oficial.

A mi izquierda, una gruesa cortina marrón cubría la ventana de extremo a extremo impidiendo el paso de la luz; obstinado, mi cuerpo no perdía su alarma biológica, por lo que cada día me despertaba al alba como añorando su vieja rutina, aun cuando yo no quería volver a ver el sol. Pero lo peor de todo era ver el tocador sin espejo. La habitación sin espejos en absoluto. Mi padre obligó a mi madre a quitarlos todos por recomendación de no-sé-quién luego de la fallida operación. Es para proteger su autoestima, le escuché decir. Me enojé los primeros días, luego vinieron las flores, las caras de amigos y familiares que no recordaba, los correos y mensajes  de ánimo, y me di cuenta de que todo era parte de la gran conspiración Annita, la debiluchita. A esas alturas, ya estaba cansada de que las personas me utilizaran para el acto misericordioso del día.

—Anna, mira lo que te he traído. —La voz de Zeev puso fin a mi sueño. El frío mañanero había sido reemplazado el calor del mediodía. Todo seguía oscuro.

—Largo. Se terminó ya. ¿No entiendes?. Ve a conseguirte otra novia y deja de perder el tiempo conmigo. —Me sentí mal por hablarle así. Pero ya no sabía qué hacer para desatarlo de mí.

—Los sentimientos no se acaban sólo con palabras. Te he comprado esta libreta —era de tamaño universitario. Blanca. Pasta dura. Preciosa—, para que vuelvas a escribir. —Pero no podía aceptarla.

—¿Y qué voy a escribir —la tomé con fingido desdén—, hola soy Anna y todos me tienen lástima porque me estoy muriendo? ¿O debería ser algo como mi ex novio me compró esta libreta porque estoy tan moribunda que es la única maldita cosa que puedo hacer?

—…sí,  yo podría añadir algo como olvídenlo, sólo está enojada. —Estaba imperturbable. Me desesperaba. No quería que me quisiera, quería que me odiara.  —Aunque ya sabes que no soy muy bueno escribiendo, así que no me obligues a intervenir.

—No la quiero. Llévatela.

Suspiró: —¿Cuándo vas a dejar esta actitud?

Eureka.

—No sé a qué te refieres.

—¡De actuar como si fueras la única que sufre! —sus ojos brillaron— ¿Tú crees que es fácil para mí venir todos los días, dejarte lo mejor de mí y sólo recibir a cambio sarcasmo e insultos? ¿Crees de verdad que la única razón por la que recibes todo esto —señala las flores— es porque la gente te tiene lástima? ¿En serio piensas que no eres digna de amar?.... —Esperó una reacción. — ¿Quieres estar sola? Bien. Me largo.

—¡Espero que tengas cargo de consciencia por haberle gritado a una moribunda!

Y rompí a llorar porque tenía razón.  Estaba tan resentida que la única forma de manifestarlo era tratando de alejar a todos, acusándolos de actuar con falsa benevolencia. No había tenido la oportunidad de reaccionar porque nadie quería hablarme firme, pero lo que dijo Zeev era lo que yo sabía que todos pensaban. Lo que incluso yo pensaba. Zeev era mi ángel en tierra y había desperdiciado tiempo tratando de alejarlo cuando en realidad él estaba para acompañarme, para recordarme que, a pesar de todo, yo no iba a morir sola. Porque sí. Iba a morir. Tenía que dejar de ser cobarde y enfrentarlo de una vez. ¿Cómo podía  esperar que mis seres amados encontraran paz después de mí, yéndome en este estado? Pero no iba a dejar que acabar así. Todos tenían que saberlo, que en el fondo, cada pétalo y palabra de ánimo significaron horas de resistencia. Lo iba a arreglar.
Tomé el regalo de Zeev e hice lo que debía hace mucho tiempo. Le escribí una carta  a cada persona herida.

Empecé con quien se había llevado la peor parte. Querido Papá Dios... Fue la que menos me costó y en la que más lloré. Luego seguí con Zeev, para quien las palabras no me alcanzaron; y luego con la de mis padres, una para cada uno con todo el amor que un hijo puede sentir. Para mis hermanos grabé un video y para mis amigos también. Improvisé un sobre para una y, por primera vez en meses, me puse de pie. Corrí las cortinas, cambié el agua de las rosas  y le pedí a Zeev que volviera. La paz que sentí a continuación fue indescriptible.

Resolví que aunque no podía convertirme en la misma persona que era antes de la enfermedad, sí podía amar con la misma intensidad. El tiempo que me quedara sería la prueba de ello. La fugacidad de mi vida era mi único respaldo.

FIN


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