Como residentes de una región en la que predomina el desempleo y la baja calidad educativa, tenemos la obligación de denunciar la mediocridad del sistema educativo.
Creo que hace tiempo todos hemos estado esperando por esta entrada. La razón por la que no toqué este tema mucho antes fue porque no tenía una perspectiva clara desde donde abordarlo. Son tantas las fallas en nuestro sistema educativo, que esto dejaría de ser una entrada de blog y se convertiría en un ensayo argumentativo, de mínimo 2000 palabras🙄. Así que vamos al grano.
Pongámonos en contexto: Yo, Leslie, tengo 18 años; lo que significa que me gradué hace poco y que apenas he concluido el pre universitario. Por lo tanto, cuando hable de "Sistema Educativo" no solo nos vamos a enfocar en las gestiones y el servicio académico que hemos recibido, sino también en la forma en la que nos crió nuestra familia y la manera en la que la cultura de productividad nos pinta las cosas ahora. No hablaremos de ellos como culpables sino como actores (en el sentido de actores de cambio).
Aquí en Ecuador, como en el resto del mundo, el principal actor luego de la familia, es el sistema: es decir, el conjunto de instituciones organismos que regulan, financian y prestan los servicios que conforman el ejercicio educativo. Es decir, que tanto el que pone el dinero como el que lo ejecuta es responsable. Los objetivos, la misión y la visión (puedes leerlos aquí y aquí) no son malos y funcionan lo suficiente como para no colapsar; el problema radica entre lo que se exige del estudiante y lo que en realidad se hace para que el estudiante actúe conforme a lo que se espera de él en el mundo académico/laboral/social.
Les voy a contar una anécdota🗣. Cuando estaba en tercero de bachillerato, viví algo que particularmente me marcó. Era uno de esos días en los que perderíamos un par de horas de clase gracias a las visitas del ministerio de educación y sus constructivas charlas dadas por profesionales competentes y capacitados (obviamente) para lidiar con preguntas de chicos de entre 14 y 17 años.
Entonces nos hablaron del tema de siempre: sexo 💣. Y, como siempre, con la delicadeza y profesionalismo que caracteriza a las entidades públicas. Era como la cuarta vez en toda mi vida estudiantil que escuchaba el mismo mensaje de trasfondo: "Por favor, no lo hagan, pero ya que de todas maneras lo harán porque son una manada de animales en celo que no puede controlarse, protéjanse. Atte, su querido gobierno preocupado". Sin embargo, en aquella época yo había leído un libro llamado "En conquista de la voluntad", por lo que tenía las ideas a flor de piel, y si combinamos eso con el natural sentimiento de desdén hacia la incompetencia de las autoridades🤣, el resultado era de esperarse: no me quedé callada. (Ojo, que esto no lo digo para ponerme corona de revolucionaria, sino para que se enteren del chisme completo). Les pregunté por qué siempre trataban de mitigar el problema y no atacarlo de raíz -educación a la inteligencia emocional- y tal fue la respuesta de la encargada, que hasta el día de hoy no recuerdo una sola palabra.
Ahora nos venden el discurso "tu cuerpo, tu elección", pero no hay elección si lo único que nos enseñan es "a hacerlo con protección".
Traigo esto a colación porque sé de fuentes legítimas que muchos colegios privados ¡dirigidos a clase media-alta! sí reciben propuestas de empresas privadas para dar capacitaciones estudiantiles con verdaderos especialistas (y no para hablarte de qué marca de condón es mejor, qué pastilla es la más efectiva o mostrarte un top 7 de imágenes grotescas producto de enfermedades venéreas) y aún así prefieren al ministerio. ¿Y saben por qué? Porque son GRATIS. Así de sencillo. Así es la idiosincrasia de nuestro sistema. Nos piden un montón de habilidades que ni la malla curricular admite y cuando queremos cuestionar algo: o nos censuran o nos dan la respuesta equivocada.
Pero bueno, ¿qué placentero es quejarse, verdad?
Después del pequeño show ese día, las cosas no cambiaron ni para bien ni para mal. Ingenua yo por pensar que ese pequeño atisbo de valentía seguido de la ovación de mis compañeros bastaría para hacer entrar en consciencia a una generación que no tiene ni idea de cómo tratar con la nuestra. Al final, me gradué y no pasó nada.
Pero me di cuenta de una cosa que también quiero que ustedes sepan: no porque el sistema nos exija saber algo que es incapaz de enseñarnos, vamos a excusarnos y a vivir al máximo nuestra mediocridad, porque de una u otra forma ya estamos siendo advertidos. Este escrito es uno de esos tantos daily reminders. Es muy difícil que la educación se adapte a nuestras verdaderas necesidades, así que nos toca a nosotros despertar. Yo sé que es tentador esperar a que ellos hagan algo, pero para eso falta mucho. Si dejamos todo en responsabilidad de la ineptitud de nuestras autoridades, nos convertiremos en eso que tanto criticamos ahora. Y esto es lo más miedo me da.😒
Nuestra generación es la nueva gallina de los huevos de oro; pero no se sientan halagados, el oro con el que trafican es nuestra mediocridad. Aunque por supuesto, nadie quiere hablar de esto.
¿Qué opinas, piensas que se están aprovechando de nuestra mediocridad? ¿Cómo podemos empezar el cambio? Déjame saberlo en la caja de comentarios.
El gigante de madera se avistó en el horizonte de la isla Mantra sobre las cinco de tarde. Ilian Garnev era el nombre de su capitán. Con treinta y cuantos años, era el único hombre sobre la mar capaz de llevarse cuanto botín deseara de cada puerto sin derramar una sola gota de sangre. Tenía el don de negociar, y la cantidad de riquezas que le generaba, lo habían convertido en una leyenda andante; un mérito destacado entre la estirpe marina… aunque la opinión general sobre su existencia no fuera unánime. En algunas islas favorecidas con presencia tecnológica, el apellido Garnev era sinónimo de debate; pero en aquellas donde aún se dependían de los barcos comerciantes para tener noticias del exterior, su vida y la reputación de sus hazañas, se daban por hecho.
Mantra era una de esas islas dependientes. No sólo porque sus habitantes creyeran en las leyendas de los marinos y además tuvieran la energía para heredarlas de generación en generación, sino también porque poseían su propio misterio andante: el Brujo. No había pruebas certeras de que se tratara de un hombre o un ente, pero de lo que sí había testimonio, era de la efectividad de su poder.
Durante los últimos diez años, Ilian había escuchado insólitas declaraciones de mendigos vueltos hombres acaudalados, enfermos mentales transformados en sabios oradores, náufragos moribundos reunidos de vuelta con sus familias, e incluso huérfanas vueltas letradas consejeras. Sin embargo, aunque hubiera sido difícil encontrar un patrón entre las diferentes regiones, idiomas e intenciones de los aspirantes, sí había algo en lo todas las historias coincidían: lo que el Brujo pedía a cambio.
—Él puede concederte tu deseo, joven capitán, pero tendrás que pagarle. — Le había dicho una vez un ex viudo que había vuelto a encontrar la felicidad gracias al famoso personaje.
—¿Y qué es lo tanto pide? ¿Riquezas? ¿Un sacrificio?
El hombre había echado una carcajada y luego, tornándose serio, le contestó:
—Una historia. Pero no cualquier patraña inventada, chico. Debe ser algo auténtico... y a la vez grandioso. Más no te puedo contar, eso es algo que vives y ya.
Por aquel entonces, Ilian creía no poseer ninguna anécdota valiosa y, tal pues, que carecía de la inspiración necesaria para inventar algo de semejante calibre, decidió postergarlo hasta que el peso de los años lo llevaron de regreso al lugar en donde su reputación había empezado: la isla del Brujo.
Cuando su barco finalmente atracó, las olas azotaban el muelle con violencia, un poco recelosas del viejo adversario que volvía a invadir sus costas. El viento corría con urgencia, y la ligera fragancia a coco impregnada en la sal del ambiente desenterró en el capitán viejas memorias de un tiempo lejano en el que él no era más que el hijo de un pirata.
Veinte años atrás había llegado junto a su padre y su tripulación -lo más cercano que tenía a una familia-. La intención era la misma de siempre, acechar a los habitantes un par de semanas, hallar los puntos débiles de la zona y al final, saquearla. Su padre solía decirle que incluso los ladrones necesitaban trabajar en equipo y con estrategia para tener éxito; que a pesar de la mala reputación, la mejor recompensa era el estilo de vida libre de ataduras que los diferenciaba del resto de hombres comunes. El futuro capitán no entendía muy bien a qué se refería su padre cuando decía “libre de ataduras”, pero se limitaba a asentir y enfocarse en su tarea: robar pequeños suvenires. La noche en la que llegaron, el pueblo se encontraba de festejo, por lo que tendría una ventaja mayor.
—Vete a dar un paseo por el lugar y diviértete.— Era la frase en código entre su padre y él.
Curiosamente, el motivo de celebración aquella noche era la hija del farero: Constanza; quien gracias a su natural bondad e inteligencia, era objeto de afección de cualquiera que la tratara. O eso era lo que se escuchaba. Verdad o mentira, pensó que volverse amigo de una niña con tanta influencia podría ahorrarle muchas horas de búsqueda inútil. Así que resolvió observarla un rato entre los habitantes mientras ideaba una estrategia para llamar su atención. Decidió fingir un intento de robo a un puesto de panes a pocos metros de donde estaba la niña. La encargada estalló en histeria, pero antes de que los demás pudieran notarlo, ella intervino y lo excusó. Ilian había logrado su objetivo.
—No era necesario eso — dijo con expresión apacible, extendiéndole el pan. —Espero que te guste el coco, es la especialidad de la casa.
—Lo siento —se llevó un bocado a la boca con cierto recelo. —¿Es cierto que esta fiesta es tuya?
—No en realidad — señaló un cartel sujeto por dos cordones: en él decía "Honor a Nuestra Señora del Mar"—, es un agasajo en agradecimiento religioso. Los habitantes creen que mi nacimiento fue, lo que ellos llaman, un milagro.
—¿Y eso es verdad?
—No lo sé, aún no he hecho algo que valga la pena describir como tal.
Intercambiaron un par de palabras más y notó que era perspicaz porque acertó en varias cosas sobre él: entre ellas, que no sabía leer. Constanza le ofreció un trato: ayudarle a obtener los mejores descuentos en artículos a cambio de que se dejase enseñar. Ilian aceptó movido más por afinidad a la niña que por legítimos deseos de cultura.
Al día siguiente, salió a su encuentro. Una parte de él deseaba que Constanza no llegara o que hubiera olvidado el acuerdo. No obstante, otra parte de él sabía que ella iría; había captado en sus ojos cierto destello sigiloso, anhelante de aventura, que hacía que su deseo por verla fuera más fuerte que su temor a lo que pudiera resultar de su nuevo lío. Llegada la hora acordada, ella apareció puntual. La luz del día revelaba los mejores rasgos de su rostro e incluso resaltaba sus rizos aclarados por la sal marina. Traía consigo un cuaderno, una manta y un lápiz.
—El truco detrás de los buenos descuentos es tu elección de palabras — extendió la tela sobre la arena—. Y la variedad la encuentras en los libros, así que es preciso que aprendas a leer cuanto antes.
—Pensé que tú ibas a conseguirme los descuentos.
—Por ahora, sí. Pero no sirve de nada que te dé los peces sin siquiera enseñarte a manejar la red.
Constanza prefería que la llamara Connie, pero con el paso de los días, él escogía el más extenso porque le gustaban los segundos de ventaja de le daba el tener el sonido de una sílaba más entre los labios. Lo sentía como si de esa forma pudiera conservar el recuerdo para cuando tuviera que partir otra vez. No sería fácil desprenderse de ella y del pueblo con su singular centro. Pocas veces en su vida había llegado a islas que sobresalieran por sus accidentes geográficos. En el corazón de Mantra, las casas estaban agrupadas a lo alto de un cerro, separadas por senderos tan estrechos que daban la apariencia de estar construidas unas sobre otras. En las faldas del mismo, se encontraban las panaderías, restaurantes de comida local y tiendas de abastecimiento; las casas de suvenires repletos de artesanías se hacían lugar a medida que se ascendía, mientras que los hoteles (que en realidad eran casas con cuartitos de alquiler) guardaban las zonas más altas, aunque también había algunos alejados de la costa, de precios económicos, en donde las personas como él y su padre se alojaban.
Afortunadamente, las palabras de los libros eran gratis y el acceso a ellos en la casa comunal, también. Entre arena y letras, las horas se convirtieron en días y los días en semanas. La a y la o dejaron de ser simples círculos vacíos y se volvieron la clave para descifrar el enigma que suponía el arte de la compra y la venta. A Ilian le sorprendió su nueva habilidad y poco a poco las mentiras hacia su padre respecto a lo que hacía todo el día se volvieron una manera sutil de ocultarle su más valioso descubrimiento. No obstante, conforme sus excusas se volvían más elaboradas y su repertorio se iba llenando de palabras extrañas, las sospechas de su progenitor aumentaban, aunque, cual niño, hubiera tenido la cabeza muy por encima de la tierra como para advertirlo a tiempo.
Durante una de sus últimas tardes en la isla, antes de la puesta del sol, su amiga interrumpió la improvisada sesión de estudios.
—¿Quieres ver la mejor puesta de sol? Sé de un lugar donde la vista es impresionante. Ven conmigo.
La casa y la torre del faro estaban lejos de la zona céntrica del pueblo, en su propio islote, al otro lado de la isla. Para llegar, los dos niños atravesaron el pueblo. En su camino, evadieron todo tipo de personas: las que saludaban a Constanza, las que lanzaban miradas sospechosas hacia Ilian y las que murmuraban acerca de haberlos visto juntos por la playa las últimas semanas -para bien y para mal-.
Trató de pasarlo por alto, pero era evidente que el contraste entre él y ella era demasiado llamativo para no ser objeto de comentarios; la palidez de su piel jamás le permitiría pasar desapercibido en aquella tierra de seres piel dorada.
Siguieron la senda del rompeolas, bordeando el cerro hasta llegar al muelle. A partir de allí, remaron. Constanza confesó que la ausencia de un puente le hacía sentir su hogar como un lugar aislado pero seguro. Por dentro, la cabina principal era más amplia de lo que parecía desde tierra, tal vez por efectos de la vidriera. Constanza giró una manecilla de bronce y abrió una ventana. Tomó con timidez de la mano de Ilian y le mostró lo que había del otro lado.
—Valió la pena el viaje, ¿no lo crees?
—Ventajas de ser tu amigo.
Frente a ellos, el sol y el horizonte se fundían en uno solo en antesala del espectáculo lunar. Ilian observó a Constanza por el rabillo del ojo, su mirada era una sola con ellos. Antes de que se diera cuenta, devolvió la vista al mar. Entonces ella lo observó a él. Ilian la pilló. O ella se dejó pillar. Él tomó con su dedo índice un mechón de su cabello contemplando cómo resplandecía ante los últimos rayos de luz. Estaba tan cerca que podía percibir la frecuencia de su respiración. El tiempo se le terminaba en todos los sentidos.
Una idea varias veces meditada se cruzó por su cabeza.
Resuelto a hacer algo valiente por primera vez en su vida, se inclinó hacia ella y la besó. De repente todo se volvió más vívido, más intenso: los aromas, las sensaciones, los olores y los sonidos; el olor a moho y cemento, las olas rompiéndose. Aquel momento era suyo, así fuera el único que podría permitirse mientras estuviera bajo la rudeza de su realidad. Se separó de ella, sopesando las palabras que le tocaba decir a continuación. No hizo su mejor elección.
—Constanza, ¿crees que podrías perdonarme un secreto?
—Ventajas de ser mi amigo.
Le dijo la verdad, que en realidad sus intenciones no habían sido encontrar descuentos, sino hurtar lo que pudiera hasta recolectar suficiente información para que su padre supiera dónde y cómo robar el último día. Que no era parte de una familia, sino de una tripulación y que una vez que su padre lo ordenara, lo tomarían todo por la fuerza y mucha gente moriría; que a eso era a lo que se dedicaban, y que había creído que aquel también sería su destino hasta que aprendió a leer con ella.
La niña escudriñó su expresión tratando de encontrar algún rastro de falsedad en sus palabras. Se mantuvo callada varios minutos.
Finalmente, le dijo que tenía una idea para un plan en el que él pudiera burlar a su padre y quedarse en la isla. Se encontrarían, al día siguiente, para ver los detalles. Ilian dudaba de que hubiera una forma de lograrlo, pero quiso engañarse y aumentar sus posibilidades sin mucho realismo. Sólo quería más oportunidades para verla; si el plan funcionaba o no, poco le importaba.
De vuelta a casa, la realidad le asestó un golpe seco al divisar a su padre esperándolo a pocos metros de la orilla del puerto.
—Entonces eso es lo que nos vamos a llevar.
Ilian sintió la sangre bajarle hasta los pies. Trató de pensar en una excusa que dejara a Constanza fuera de la oración. Le horrorizó notar la mirada maliciosa de su padre, que en ese instante empezaba a creerse dueño de un botín mucho más valioso que el dinero o los minerales. Caminaron a la hostería en silencio. Hasta ese día, había sentido alivio cuando su padre se guardaba el sermón y los golpes porque sólo tenía que asegurarse de que se juntara con sus amigos y se emborrachara para que se olvidara hasta su propio nombre. Pero intuyó que aquella vez no bastarían un par de tragos para arrancarle de la cabeza su nueva obsesión. Y no es que Constanza fuera una mujer -al igual que las anteriores-, pero por la forma en la que se le había torcido la mirada a la bestia, supo que no le importaría que no lo fuera. Tendría que pensar en una forma de advertirla sin tener que verse, y para ello sólo disponía de las horas que le quedaran hasta el amanecer.
Esa misma noche, en algún momento de la madrugada, despertó con el sudor recorriéndole las sienes. Encendió la luz y notó que la cama de su padre estaba vacía. Tratando de contener el aliento y la calma, salió al recibidor del hostal. El encargado del lugar no aparecía, haciéndole temer lo peor. Dejó el lugar en busca de su padre. Gritó su nombre tratando de convencerse de que quizá sólo estaba perdido y bebiendo por ahí, que lo hallaría en alguna orilla en medio de una ruidosa carcajada, en el mejor de los casos, con una mujer. Nada. Tocó la puerta en las casas aledañas, pero la gente parecía ignorarlo a propósito, como si estuviera escondiéndose de algo mucho peor que él. Una estela de humo a lo lejos captó de pronto su atención. Constanza.
El caos se asomó en su campo visual antes de lo que hubiera preferido. Trozos de vidrio esparcidos a lo largo del sendero frente a las casas comerciales, la gula del fuego devorándolo todo y el llanto lejano pero desgarrador de algún nuevo huérfano, lo acompañaron durante su breve trayecto. Sus pies descalzos lloraban con sangre por haberse llevado la peor parte. Sin embargo, ya habría tiempo para mirar atrás, sentir el dolor y quejarse como el niño que era en el fondo. La prioridad era llegar al faro a tiempo e impedir lo que sea que tuviera su padre en mente.
La casa de Constanza ardía en llamas. Las cenizas arrojadas por la madera estaban impregnadas en el aire, tornádolo pesado y difícil de inhalar. Dirigió su esperanza a la cabina de la torre. Un ruido sordo lo contuvo. Un disparo, un vidrio quebrándose y una figura robusta cayendo de la torre del faro directo hacia la boca del océano. El farero.
Se obligó a atravesar la escalera espiral, con más temor que valentía. Constanza, un peldaño. Constanza, cinco peldaños. Constanza, veinte… su débil fisionomía tropezó con una masa sólida y pálida, una versión sombría de él. Era su padre huyendo de algo.
—¡Nos largamos!
—¿Dónde está Constanza? ¡Qué le hiciste, bestia!... ¡Constanza! —Sus gritos no obtuvieron respuesta por parte de ninguno.
—Tu pequeña amiga es un demonio y lo que le suceda, seguro se lo merece.
Él no entendía, pero empleó todas sus fuerzas en intentar soltarse del agarre del hombre. Fue inútil porque a cada intento, lo único que lograba era recordar su naturaleza: demasiado joven para poder con él. Quiso pensar que bastaría con la fuerza de su enojo, como les pasaba los héroes literarios de Constanza, pero conforme la luz de la torre se iba confundiendo entre las estrellas y su lejanía, el impulso en su interior era sofocado por un creciente nudo en la garganta.
A bordo, la isla parecía una insignificante gota de fuego en medio del mar tragándose la única y última astilla de esperanza que hasta ese momento había albergado. La impotencia y la frustración lo consumían. Él nunca había accedido a esa vida, a tener un padre así, tampoco a conocer a Constanza bajo esas circunstancias. Ni siquiera había podido despedirse de ella apropiadamente.
—¡Ya no seas marica, hombre, que mozas hay en cada puerto! —Su padre y el resto de sus hombres rompieron en carcajadas nerviosas.
A partir de ese día, durante el transcurso de su juventud, no volvió a la isla. Nadie la mencionó otra vez. El nombre "Mantra" pasó a formar parte de una extensa lista de puertos de abastecimiento cuya cuenta Ilian perdió con el paso de las estaciones. Entretanto, el cambio de estatura y el brote de otros atributos, le infundieron una irónica aversión por los faros y los días soleados, por lo que antes de cumplir veinte años ya tenía surcos en medio de las cejas, dándole una apariencia más madura y sombría, a juego con la reputación de su predecesor. No volvió a mencionar el nombre con C, y hasta que heredó el navío, evitó las puestas de sol. De adulto, su primer gran logro fue convencer a la tripulación de comerciar legítimamente, reemplazando el temor de los hombres de su fallecido padre, por genuino respeto. Aprendió, entre tanto, el arte de la conquista fugaz y lo empleó con desespero durante las noches de extrema soledad. Tampoco se permitió permanecer en el mismo lugar por más de un mes, no fuera a ser que le surgiera una nueva ancla.
La isla, por su parte, también se ganó una reputación durante el lapso de su ausencia. Al capitán, se le hizo rutina escuchar el funesto origen del Brujo que la custodiaba. De acuerdo a lo que él sabía y a lo que la gente decía, una noche un grupo de piratas la zaqueó y, entre tantas víctimas mortales, estaba el farero del lugar. El hombre de mediana edad, había dejado a una niña en la orfandad, de quien se aseguraba que, incapaz de soportar la pena, deambuló un par de años sola por la isla hasta desaparecer sin dejar rastro. El Brujo había llegado a habitar la torre poco después. Nadie nunca lo vio llegar.
El día de su regreso esperó el anochecer para encontrarse con el Brujo. Al parecer, gran parte de su fama se debía también a sus estrambóticas exigencias. "El que puede, puede", pensaba el capitán. Si las historias eran ciertas, sabría qué paso, ruta y desvío tomar.
La puerta de entrada a la torre se abrió al segundo toque. Unos ojos verdes lo recibieron con recelo y lo condujeron hasta una habitación antes de la cabina principal. Una vez allí, lo detuvo y le indicó el proceso a seguir.
Sintió una extraña nostalgia al cerrarse la puerta tras él. Aquel lugar era una de las cámaras de la torre que jamás llegó a conocer de chico. La contempló por un instante. Había repisas de madera improvisadas donde se exhibían suvenires de diferentes regiones del mundo: muñecas rusas, colgantes chinos, tótems africanos, cerámica indígena de América y la India. Ilian supuso que eran de agradecimiento, porque a él le habían pedido llevar a cambio sólo una historia.
Empezó el ritual, según lo indicado. Se quitó los zapatos. Tomó dos varillas de incienso de coco de una mesilla a su izquierda y lo encendió con la llama de uno de los candelabros de bronce envejecido empotrados en la pared. Los colocó sobre una bandeja a su derecha. Se arrodilló sobre un cojín, la esponja tenía grabada la forma de otras cientos de rodillas, pero el aroma a coco lo volvía todo más agradable, incluso el calor de esa noche de verano. Dijo su nombre en voz alta —como le había indicado la muchacha— y no esperó al Brujo para empezar a utilizar la máquina de escribir que tenía en frente. No comprendía por qué ese sujeto necesitaba una historia escrita para juzgarlo digno de un deseo. ¿En dónde radicaba su poder en realidad? Tal vez estaba siendo timado, tal vez todo era una especie de show hipnótico y la historia era solo fachada...o el papel tenía algún alucinógeno. Descartó la idea y continuó escribiendo. Lo hacía sentir un poco incómodo saber que detrás de la cortina frente a él, se encontraba el mismísimo Brujo esperando.
Alrededor de dos horas después, terminó. Tocó la mesa tres veces para indicar que estaba listo para leerla en voz alta. El Brujo le respondió con un toque desde su escondite. Ilian se sintió inseguro, pero continuó con la segunda línea. Le narró con cuidado la tragedia de un muchacho enamorado y un hombre arrepentido. Por un momento, pensó que sería interrumpido, pero un atisbo de intuición le empujó a continuar de todos modos, como si supiese que sus palabras eran el gancho que mantenía al vilo la atención de su interlocutor. A medida que avanzaba, trató sin éxito de refrenar el nudo en la garganta. Ya no era el gran negociante y capitán Ilian Garnev el que hablaba, sino el niño asustadizo y presuroso que no llegó a tiempo a la torre, con la terrible certidumbre de enfrentarse a un viaje del que no habría alegre retorno. Antes de llegar al culmen del relato, se aferró al papel comprendiendo lo que acababa de suceder. No es que el Brujo tuviera poderes mágicos, es que tenía la habilidad de ayudar a las personas a encontrar la solución en ellos mismos: a través de la historia de sus vidas.
—¿Cuál es tu deseo?
La muchacha había dicho que el Brujo sólo se comunicaba por sonidos. Si después de la historia tocaba tres veces, significaba que el deseo se cumpliría; si tocaba una sola vez, sin embargo, tenía que llamarse a la ayudante —lo que probablemente era una negativa—. Pero sobre hablar antes de tocar…, no estaba muy seguro de qué hacer al respecto.
—Quiero saber qué pasó con ella. La chica de mi historia.
Reinó un silencio eterno. A punto de ponerse de pie, con la intención de marcharse ante la evidente negativa, el Brujo tocó tres veces. El capitán preparó la máquina de escribir para que pudiera responderle. De repente, las cortinas que los separaban se abrieron. Una presencia menuda lo sorprendió. Estaba cubierta de los pies a la cabeza por una capa marrón visiblemente pesada. Se arrodilló frente a él sin alzar la cabeza, y se echó para atrás la capucha revelando su rostro. Entonces, sólo entonces y sin necesidad de palabras, Ilian supo qué había pasado con Constanza.
FIN
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Doce años es un tiempo relativo: nos conocemos muy bien a la otra; y, sin embargo, aún no terminamos de limar nuestras asperezas. A pesar de todo, quiero que sepas que yo también tuve tu edad y, no es hasta ahora que te veo cumplir tu propia docena, que recuerdo lo mucho que me hubiera gustado recibir de regalo las palabras que necesité para enfrentarme a la adolescencia.
Lo primero que voy a pedirte es que a medida que crezca tu belleza, crezca tu juicio: si ha de haber alguien a quien quieras imitar -y, por cualquier circunstancia, no sea mamá o yo-, asegúrate de conocer tanto sus sombras como sus luces, no vaya a ser que te dejes seducir de un espejismo y resultes lastimada por sus vidrios cuando estos se quiebren sobre ti.
Que no te preocupe nunca a cuántos puedes encantar y avergüénzate si te llegas a encontrar contando la cantidad de corazones que, por capricho, quieres capturar. Tú no has nacido para ostentar la vulgaridad de una vida insustancial, y no te detengas nunca a contemplar qué sería de ti si tan solo quizá... pudieras dejarte llevar por una corriente que no avanza sino en sentido espiral.
Mira que en tu camino habrá personas como tú y también personas que traten de llevarte por el sendero que ellos consideran correcto. Abre tus ojos y limpia tus oídos: en lugar de tratar con desdén a quienes no piensen ni ejerzan los mismos valores que tú, aléjate de la manera más silenciosa, y nunca advirtiendo por tu propia boca el honor detrás de tu motivo.
Cuando te encuentres a mitad de la madrugada pensando en las cosas que dijiste y en las cosas que no hiciste, quiero que recuerdes que en realidad nada de eso importa y que la gente no piensa tan mal de ti como tú crees. Los pensamientos que consumen tu mente, controlan tu vida; y lo que controla tu vida no debe ser nada más que el deseo de dar amor a los demás. Pero por favor no lo confundas con "complacer": vivir reprimiéndote en favor ajeno sólo te conducirá a la decepción y a la angustia, pues nadie puede hacerte brillar más que el Amor que llevas dentro.
Ese mismo Amor me lleva a agradecer tu presencia, y asimismo disculparme por las veces en las que parece que no tengo oídos para ti. Nunca ha sido mi intención dejarte de lado, pero cuando crezcas y tengas mi edad comprenderás que este mundo intenta llenarte de distracciones tontas a cada segundo. No lo digo para justificarme, sólo quiero que estés atenta.
También quiero que sepas que ese muchacho por el que ahora te decantas, no es tan grandioso como tú crees: de él es probable que sólo conozcas "juegos de sombras", así que no te dejes fulminar por el tamaño de las ilusiones que haga surgir en ti, porque más adelante, cuando tengas que lidiar con los relieves de la realidad, te darás cuenta de que el amor y la pasión son mucho más corpóreos y pesados de lo que parecen ahora, pero también son mucho más profundos de lo que dicen por ahí.
Aún así, si alguna vez necesitas hablar, yo estaré dispuesta a escuchar.
Querida hermana menor, todo las cosas buenas que hago son para darte un mejor ejemplo a ti. Eres parte de mi motivación y no tienes idea de cuán feliz me hace escucharte tan orgullosa frente a tus amigas aquello que has aprendido de mí: es en esos momentos donde sé que verdaderamente estoy haciendo la cosas bien y que me estoy convirtiendo en aquel lugar en el que podrás apoyarte cuando mamá y papá no estén.
Por siempre,
Tu hermana

¿Eres de los que desconfían de toda persona que conoce en línea? ¿Existen verdaderas pautas para reconocer a un catfish? Cerca de nueve años de anécdotas con personas de todo el mundo me han llevado a identificar puntos claves para saber si la persona con la que estoy hablando efectivamente es quien dice ser (al menos físicamente).
En tiempos de cambio y avance tecnológico, las relaciones amistosas o afectivas en internet ya son parte de nuestra cotidianeidad a tal punto que todos hemos escuchado, al menos una vez en la vida, de alguien que felizmente encontró el amor mientras "aprendía idiomas". Sin embargo, si en el mundo real la gente que conocemos cara a cara puede ser impredecible, mucho más lo es detrás de un seudónimo y una foto.Debes saber que estos puntos sólo te ayudan con la otra persona en lo que su apariencia respecta. En la personalidad es mucho más complejo hallar un patrón que nos garantice que la persona que dice (por ejemplo) "ser honesta" realmente sea honesta. Te doy un ejemplo: yo, Victoria de Guayaquil, puedo distinguir entre grupos sociales de mi ciudad porque conozco cuáles son las actitudes y rasgos de conducta típicos, porque he convivido con ellos gran parte de mi vida. Si tú, querido lector, has vivido en otra ciudad probablemente te pase lo mismo con la gente de esa ciudad. La forma en la que se manifiestan los rasgos culturales es infinita... a menos que concentres todas tus energías en hablar sólo con un grupo de personas de la misma región geográfica (lo que no tendría mucho chiste).
- Foto de perfil DEMASIADO atractiva para el sitio en el que está: Esta es la más básica, la que por instinto debería hacernos sospechar desde el instante en el que te escriba "hola". Una vez supe de un tipo que no sólo engañaba a mujeres, sino a niñas entre 11 y 15 años. Para las niñas utilizaba la foto de un cantante juvenil (no sé quién era el más tonto, porque era un cantante muy conocido) y para las mujeres utilizaba la foto de un doctor brasileño famoso. En la época del Metroflog muchos chicos fueron engañados con la foto de esta chica:

Sí, yo sé que ya la has visto antes. Se llama Mónica Murillo.
Y sigue sucediendo, sólo que ahora existe Tumblr e Instagram y la variedad de fotos de personas atractivas con las que engañarte aumentaron el triple.
Yo les recomiendo que antes que nada, descarguen la foto y busquen coincidencias con google. - Además de la foto, está DESESPERADO por continuar la conversación: No me mal interpretes amigo lector, no es que no seas lo suficientemente interesante o atractivo como para atraer la atención de una persona por internet, pero un catfish SIEMPRE quiere algo de ti y se va a asegurar de conseguirlo, así sea mintiéndote sobre gustos en común. Por eso siempre sospecha si ese alguien mágicamente también está interesado en las mismas cosas que tú (sobre todo si tus datos están públicos o fuiste tú el que lo dijiste primero).
- Tiene un perfil académico/profesional SOBRESALIENTE: Esta va para las personas que tienen mi edad en adelante (18+). Si estás en un sitio de citas/idiomas/penpals/cualquierotraexcusa no confíes tan rápido si además de atractivo, dice tener una carrera exitosa (ej: médico cirujano trabajando para la unicef). No digo que sea imposible, pero siempre pregúntante ¿qué podría hacer aquí si es tan soltero, guapo y exitoso?
- Su perfil de facebook es relativamente nuevo: Es decir que tiene menos de un año creado, no hay publicaciones compartidas, todas fotos las ha subido él/ella y no hay ninguna foto en la que esta persona esté etiquetada o algún comentario de un amigo o familiar que se vea que lo conozca en persona. Todo lo que pruebe que esa persona tiene una vida fuera de la pantalla. Alerta.
- Se pone a la defensiva si le pides más información para verificar que es quien dice ser: se enoja aunque pidas cosas sencillas (fotos, notas de voz, historias de ig o whatsapp). OJO, tampoco es que tengas que pedir la dirección de su casa o sus coordenadas de google maps en la primera conversación.
- Le pides una videollamada y...: sólo excusas. Que no tiene webcam, que se va a acabar "la magia", que le da mucha pereza, que su primito le rompió la cámara, que su mascotita le mordió el teléfono, que por Correa no tiene internet (y vive en JAPÓN). La excusas nunca acaban para un catfish.
- Te bloquea si lo confrotas: el chiste se cuenta solo.
Espero que, más que tips, esto les sirva de recordatorio ante cualquier persona que conozcan por ahí. Como en el mundo real, hay gente BUENA y MALA, pero a diferencia del mundo real, podemos descartarla de nuestro círculo al conocer su comportamiento en línea. En lo personal, me encanta conocer gente de todo el mundo, pero siempre con las medidas de precaución en mente.
Nos leemos en el próximo post.
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| Emma Stone en Easy A (2010) |
Dicen que no tiene que importarte lo que la gente piense de ti, pero también dicen que una imagen dice más que mil palabras... ¿Qué es lo que hay que proyectar, entonces? ¿Cuál es la diferencia entre apariencia y reputación?
Hace un tiempo, me encontré con un artículo empresarial en el que se explicaba por qué las empresas deben cuidar su reputación si quieren aumentar su nivel de ventas. Ahora que la moda y las tendencias en coaching y orientación enfocan al ser humano como YO S.A, es interesante pensar en uno mismo como una empresa que requiere trabajar en su imagen corporativa no solo para ganar credibilidad ante nuestro ojo público (headhunters, si quieres trabajar para una empresa; clientes/consumidores/stakeholders si quieres ser emprendedor; ni hablar si estás pensando en casarte), sino también para obtener resultados productivos en base a la imagen construida.
Meses atrás, vi en youtube un video peculiar, se titulaba algo así como "yo también mandé nudes". El argumento principal era el clásico: "mi cuerpo, mi sexualidad". Revisé los comentarios y me di cuenta que este tipo de contenido es la razón de que haya personas que crean que esforzarse por construir una buena reputación es igual a ser mojigato. APARIENCIA y REPUTACIÓN NO son lo mismo.Incluso la RAE nos lo aclara: apariencia es el "aspecto o parecer exterior de alguien o algo./ Cosa que parece y no es." Mientras que "reputación" es "Opinión o consideración en que se tiene a alguien o algo./Prestigio o estima en que son tenidos alguien o algo."
"Que no te importen los chismes, tú sabes lo que vales"Por el contrario, no es que los chismes/comentarios mal infundados sobre ti lo sean todo, pueden tratarse de calumnias que no te mereces o bien pueden ser afirmaciones sobre algo moralmente cuestionable que sí hiciste; en ninguno de los dos casos, empero, se justifica hablar mal de una persona a sus espaldas... y creo que todos estamos de acuerdo en eso. Sin embargo, actuar como "nos dé la gana" bajo la excusa de que "nadie tiene derecho a opinar" no es la forma más inteligente de manifestarse en contra de los comentarios que restan prestigio a nuestro YO S.A. porque, a largo plazo, al mundo no le importa tu opinión (lo que vendes), sino cómo la expresas (cómo lo vendes).
La reputación está compuesta por 3 elementos
La identidad es el eje principal sobre el que la imagen ante la opinión pública y las buenas relaciones sociales y afectivas encuentran su equilibrio. Los frutos de una buena identidad derivan en estos dos ejes bien equilibrados, pero ninguno de ellos puede prescindir entre sí, están interconectados.
Asimismo, la identidad se desglosa en 3 elementos.
- Filosofía de vida/ ideología/ creencias: Esta es tu "cultura organizacional", y se basa en los valores que rigen tu columna vertebral de decisiones, acciones y paradigmas. Por lo general, lo manifestamos a través de una creencia religiosa, un sistema de valores oriental, sistema de valores éticos o lo que sea que consideremos mantra en nuestra vida. De estos ideales, salen nuestras percepciones de lo que está bien y lo que está mal. Algunas personas prescinden de un sistema en concreto, yo en lo personal prefiero tener un pilar en concreto para no divagar de sistema en sistema según lo que me convenga.
- Conducta: ¿Cuál es tu actitud frente a las circunstancias? La respuesta se encuentra en todo lo que haces DÍA A DÍA, desde la forma en la que saludas al portero de la entrada de tu colegio/universidad/trabajo, hasta la reacción que tienes cuando alguien te hace una propuesta inadecuada. Todo lo que haces cuenta, consciente o inconscientemente.
- Discurso: Aquí se incluye todo lo que sale de tu boca. De ahí que sea tan importante ser coherente no solo entre lo que se dice y se hace, sino también en lo que se dice y lo que de verdad se piensa. Hay personas que son tan brillantes en su discurso que cuando conversas con ellas no puedes evitar estar de acuerdo con todo lo que dicen, y además parecen "coherentes" porque públicamente no han hecho nada que los contradiga; sin embargo de un momento a otro... escándalo legal, acusaciones de terceros e incluso suicidio (en los más extremos casos. Revisen el suicidio de Celia Fuentes y los escándalos de proxenetismo en reinados de belleza venezolanos). ¿Por qué? Porque había una guerra interna entre lo que decían/hacían y lo que pensaban (he aquí las apariencias).
Haber subestimado la reputación y haberla vinculado erradamente con connotaciones negativas, nos ha impedido ver el alcance real del impacto que nuestra imagen (ya sabemos que no es sólo lo físico) tiene sobre las personas que, un par de años más tarde, llamaremos contactos/clientes/jefes; a fortuna de algunos e infortunio de otros, el colegio/universidad ACABA y lo que hayas construido se quedará en la memoria de tus ex compañeros para siempre, a menos -claro- que llegues a hacer con tu vida algo de gran impacto como para reescribir todo lo anterior. Me arriesgo a suponer que la mayoría de nosotros aspiramos a esto último.
Nos leemos en el próximo post.
Cuando el maestro de ceremonia anunció el nombre de nuestra obra, supe que era mi turno de salir. Las luces del escenario se apagaron junto con la ovación del público. Me puse en la posición ensayada e ignorando el frío del aire acondicionado, traté de imaginar la mirada serena de Zeev. Sobre mi cabeza, una luz cenital se encendió y pintándolo todo de color azul, la orquesta empezó a tocar. Suaves notas de violín acompañaron mis primeros movimientos. Al principio, lentos, pero a medida que la melodía se intensificaba, se volvieron más rápidos, en una sola armonía con la canción.
De repente, se hizo un silencio. Me quedé en mi posición los cuatro tiempos que duró. Sabía lo que pasaría después. Paralelo a mí, desde el otro lado del escenario una silueta masculina se cernía bajo su propia luz, el violeta de su reflector era intenso, pero no lo suficiente como para desteñir el traje blanco que definía de generosamente cada uno de sus músculos tonificados por el baile. Instintivamente nuestros pasos nos llevaron a encontrarnos en el centro del escenario. Ambas luces convergieron hasta formar un melancólico azul violáceo que, acompañado por el suave compás de los violonchelos, dotaba a nuestro solo aquel misterio que nuestros cuerpos trataban de interpretar.
Dos años atrás, cuando tenía dieciséis años y me creía muy analítica para creer en el amor a primera vista, conocí a Zeev, en mi primera competencia internacional de ballet. A pesar de su exótica belleza y fuerte acento, no me enamoré de él sino hasta el primer baile. Al principio mi padre se opuso pensando que no funcionaría porque los bailarines siempre ponen a sus carreras por encima de todo. No lograba conciliar la idea de su pequeña intercambiando cartas de amor al otro lado del océano con un joven cuatro años mayor. Sin embargo, con el paso de los meses y la secreta esperanza de que sus palabras se cumplieran, observó nuestra perseverancia y, resignado, finalmente lo aceptó.
De vuelta en el escenario, Zeev colocó sus manos sobre mi cintura. Su tacto seguro despertó mis emociones y me devolvió a la memoria de la primera vez que nuestras manos se tocaron. Con delicadeza me sujetó y me elevó por encima de él. Mantuve mi cuerpo firme y alcé los brazos formando una línea ligeramente curva. Las luces se volvieron plateadas y de la tramoya cayó sobre nosotros purpurina dorada, anunciándonos el momento cumbre del espectáculo. Todavía elevada, volví mi cabeza hacia Zeev y nuestras miradas se encontraron. No teníamos que llegar al mejor momento de la coreografía para alcanzar el máximo deleite porque estar ahí el uno con el otro ya era como volar sobre éxtasis de amor.
Me devolvió a tierra con la ternura y sutileza, no de quien teme romper algo, sino de quien teme romper un momento con alguien. Sabíamos que lo nuestro era más fuerte de lo que parecía y no sólo porque nos uniera una profunda pasión por la danza o porque nuestros cuerpos actuaran como uno con o sin el compás de la música. Era algo que iba mucho más allá de poder entendernos a pesar de la barrera del idioma, y verlo en ese traje blanco me hacía pensar en ello, en cómo los sentimientos de un hombre puro son tan auténticos que pueden transmitirse desde el primer toque.
La música cesó y los colores del escenario empezaron a desvanecerse mientras las últimas partículas de la purpurina dorada llegaban al suelo. Zeev y yo permanecimos en nuestras posiciones finales, exhaustos pero complacidos de haberle dado lo mejor de nosotros al público.
De pronto, la cabeza me empezó a dar vueltas y un súbito dolor me recorrió el cráneo tan fuerte que vi oscuridad por unos segundos. Entre el vitoreo, las rosas cayendo hasta el escenario y la mano de Zeev sujetando la mía, esperé. No quería arruinar el momento, pero no era la primera vez que tenía ese tipo de dolor. Traté de contar diez segundos con la esperanza de que se desvaneciera.
—Anna, amor, estás pálida. ¿Quieres que vaya por agua? ¿O un caramelo, mejor?
Con esfuerzo, negué con la cabeza.
—Zeev, yo…
Y a partir de ese momento, todo fue oscuridad.
Al abrir los ojos en lo primero que pensé fue en Zeev y la noche anterior. ¿Cuánto tiempo pasó? Miré a alrededor tratando de encontrar algo o alguien familiar. Las paredes blancas, el olor a antiséptico y la incómoda sensación de no llevar puesto nada más que una bata me confirmaron en dónde estaba. Un hospital. Noté que ya no había señales del dolor, así que busqué alrededor de la cama algún botón con el que llamar a una enfermera. Antes de tener éxito con la búsqueda, mi padre, Zeev y un doctor entraron a la habitación. Tenían la expresión perdida. Cuando me vieron despierta sólo empeoró. Supe de inmediato que algo muy malo estaba ocurriendo.
Al cabo de unos minutos entendí por qué. Cáncer. Tumor cerebral. Operación. Seis meses. Les dije a todos que se fueran. Incluso aunque pasaron horas no lo pude asimilar. Porque no era verdad. Apenas iba a cumplir dieciocho, ¿Quién se muere de cáncer a los dieciocho? Seguro estaba dentro de un mal sueño, un terrible sueño infundido por uno de esos demonios quimeras que fastidian a las personas felices mientras duermen. Sí. Definitivamente tenía que ser eso. Así que me dormí, animada por la esperanza de que al día siguiente me despertaría y que las personas que más amaba no estarían sufriendo. Incluyéndome.
Amanecer. Contemplé mi habitación con la misma decepción que tuve la mañana en la que me di cuenta de que lo que yo llamaba pesadilla era la versión indeseada de mi realidad, tres meses atrás. Era lo único que no había cambiado en mi vida desde entonces. Ni siquiera mis cosas seguían estando en su lugar tal y como las dejé el día antes de la presentación. Las medallas y las placas de vidrio tenían una silenciosa guerra con los ramos de flores por el territorio de mis repisas, y dado que la compasión es más común que la admiración, no era difícil adivinar quién estaba ganando desde que mi enfermedad se hizo oficial.
A mi izquierda, una gruesa cortina marrón cubría la ventana de extremo a extremo impidiendo el paso de la luz; obstinado, mi cuerpo no perdía su alarma biológica, por lo que cada día me despertaba al alba como añorando su vieja rutina, aun cuando yo no quería volver a ver el sol. Pero lo peor de todo era ver el tocador sin espejo. La habitación sin espejos en absoluto. Mi padre obligó a mi madre a quitarlos todos por recomendación de no-sé-quién luego de la fallida operación. Es para proteger su autoestima, le escuché decir. Me enojé los primeros días, luego vinieron las flores, las caras de amigos y familiares que no recordaba, los correos y mensajes de ánimo, y me di cuenta de que todo era parte de la gran conspiración Annita, la debiluchita. A esas alturas, ya estaba cansada de que las personas me utilizaran para el acto misericordioso del día.
—Anna, mira lo que te he traído. —La voz de Zeev puso fin a mi sueño. El frío mañanero había sido reemplazado el calor del mediodía. Todo seguía oscuro.
—Largo. Se terminó ya. ¿No entiendes?. Ve a conseguirte otra novia y deja de perder el tiempo conmigo. —Me sentí mal por hablarle así. Pero ya no sabía qué hacer para desatarlo de mí.
—Los sentimientos no se acaban sólo con palabras. Te he comprado esta libreta —era de tamaño universitario. Blanca. Pasta dura. Preciosa—, para que vuelvas a escribir. —Pero no podía aceptarla.
—¿Y qué voy a escribir —la tomé con fingido desdén—, hola soy Anna y todos me tienen lástima porque me estoy muriendo? ¿O debería ser algo como mi ex novio me compró esta libreta porque estoy tan moribunda que es la única maldita cosa que puedo hacer?
—…sí, yo podría añadir algo como olvídenlo, sólo está enojada. —Estaba imperturbable. Me desesperaba. No quería que me quisiera, quería que me odiara. —Aunque ya sabes que no soy muy bueno escribiendo, así que no me obligues a intervenir.
—No la quiero. Llévatela.
Suspiró: —¿Cuándo vas a dejar esta actitud?
Eureka.
—No sé a qué te refieres.
—¡De actuar como si fueras la única que sufre! —sus ojos brillaron— ¿Tú crees que es fácil para mí venir todos los días, dejarte lo mejor de mí y sólo recibir a cambio sarcasmo e insultos? ¿Crees de verdad que la única razón por la que recibes todo esto —señala las flores— es porque la gente te tiene lástima? ¿En serio piensas que no eres digna de amar?.... —Esperó una reacción. — ¿Quieres estar sola? Bien. Me largo.
—¡Espero que tengas cargo de consciencia por haberle gritado a una moribunda!
Y rompí a llorar porque tenía razón. Estaba tan resentida que la única forma de manifestarlo era tratando de alejar a todos, acusándolos de actuar con falsa benevolencia. No había tenido la oportunidad de reaccionar porque nadie quería hablarme firme, pero lo que dijo Zeev era lo que yo sabía que todos pensaban. Lo que incluso yo pensaba. Zeev era mi ángel en tierra y había desperdiciado tiempo tratando de alejarlo cuando en realidad él estaba para acompañarme, para recordarme que, a pesar de todo, yo no iba a morir sola. Porque sí. Iba a morir. Tenía que dejar de ser cobarde y enfrentarlo de una vez. ¿Cómo podía esperar que mis seres amados encontraran paz después de mí, yéndome en este estado? Pero no iba a dejar que acabar así. Todos tenían que saberlo, que en el fondo, cada pétalo y palabra de ánimo significaron horas de resistencia. Lo iba a arreglar.
Tomé el regalo de Zeev e hice lo que debía hace mucho tiempo. Le escribí una carta a cada persona herida.
Empecé con quien se había llevado la peor parte. Querido Papá Dios... Fue la que menos me costó y en la que más lloré. Luego seguí con Zeev, para quien las palabras no me alcanzaron; y luego con la de mis padres, una para cada uno con todo el amor que un hijo puede sentir. Para mis hermanos grabé un video y para mis amigos también. Improvisé un sobre para una y, por primera vez en meses, me puse de pie. Corrí las cortinas, cambié el agua de las rosas y le pedí a Zeev que volviera. La paz que sentí a continuación fue indescriptible.
Resolví que aunque no podía convertirme en la misma persona que era antes de la enfermedad, sí podía amar con la misma intensidad. El tiempo que me quedara sería la prueba de ello. La fugacidad de mi vida era mi único respaldo.
FIN






